Desde la muerte de Saramago, aquel viernes 18 de junio de 2010, no había vuelto a visitar este rincón. No es que haya dejado de leer, pero se me quitaron las ganas de pasar por aquí. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ahora el 80% de mis lecturas/relecturas las hago en mi Kindle y aunque no he abandonado el placer del tacto sosegado del papel, he de confesar que la comodidad de este engendro electrónico me ha cautivado. Colma con creces mi voracidad lectora y me soluciona el problema del finito espacio de mis estanterías.
Hoy me propongo abrir de nuevo la puerta, limpiar el polvo acumulado y llenar la estantería de este rincón con palabras robadas.
Y para celebrar esta apertura la ilustro con una de las últimas fotos que tomé el 2012 en la puerta de la mayor biblioteca sin libros del mundo, en Santiago de Compostela.
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viernes, 11 de enero de 2013
viernes, 18 de junio de 2010
Adiós a un buen hombre

Acabo de enterarme, de la noticia hace menos de dos horas. Hoy 18 de junio de 2010, a las dos menos cuarto, a los 87 años, en su casa de Lanzarote ha muerto José Souda (Saramago). Le eché de menos en la feria del Libro y ahora le echaré de menos siempre.
Este año parte de mis vacaciones las pasaré en su isla, pero ya no podré estrecharle la mano en Tías como la última vez. No podré expresarle de nuevo mi admiración, por su literatura, por su brillantez intelectual, pero sobre todo mi incondicional apoyo a su incansable lucha por un mundo mejor y más justo.
Se ha ido, casi en silencio, bajo el ruido del gobierno absoluto de los mercados, y el oportuno estruendo de las vuvucelas, que nos distraen.
Ahora, si que nos hemos quedado ciegos irremediablemente, Don José.
viernes, 3 de octubre de 2008
Sin papeles
Este artículo de Saramago publicado en el diario El mundo revela la pasta de la que está hecho este gran hombre y su clarividencia.
SIN PAPELES 4 de Diciembre de 1998, El Mundo
"La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado. Presentar un papel que diga cómo nos llamamos y dónde y cuándo nacimos, es tanto una obligación legal como una necesidad social. Nadie, verdaderamente, puede decir quién es, pero todos tenemos derecho de poder decir quiénes somos para los otros. Para eso sirven los papeles de identidad. Negarle a alguien el derecho de ser reconocido socialmente es lo mismo que retirarlo de la sociedad humana. Tener un papel para mostrar cuando nos pregunten quiénes somos es el menor de los derechos humanos (porque la identidad social es un derecho primario) aunque es también el más importante (porque las leyes exigen que de ese papel dependa la inserción del individuo en la sociedad).
La ley está para servir y no para ser servida. Si alguien pide que su identidad sea reconocida documentalmente, la ley no puede hacer otra cosa que no sea registrar ese hecho y ratificarlo. La ley abusará de su poder siempre que se comporte como si la persona que tiene delante no existe. Negar un documento es, de alguna forma, negar el derecho a la vida. Ningún ser humano es humanamente ilegal, y si, aún así, hay muchos que de hecho lo son y legalmente deberían serlo, ésos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza. Para los otros, para las víctimas de las persecuciones políticas o religiosas, para los acorralados por el hambre y la miseria, para quien todo le ha sido negado, negarles un papel que les identifique será la última de las humillaciones.
Ya hay demasiada humillación en el mundo, contra ella y a favor de la dignidad, papeles para todos, que ningún hombre o mujer sea excluido de la comunidad humana. "
SIN PAPELES 4 de Diciembre de 1998, El Mundo
"La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado. Presentar un papel que diga cómo nos llamamos y dónde y cuándo nacimos, es tanto una obligación legal como una necesidad social. Nadie, verdaderamente, puede decir quién es, pero todos tenemos derecho de poder decir quiénes somos para los otros. Para eso sirven los papeles de identidad. Negarle a alguien el derecho de ser reconocido socialmente es lo mismo que retirarlo de la sociedad humana. Tener un papel para mostrar cuando nos pregunten quiénes somos es el menor de los derechos humanos (porque la identidad social es un derecho primario) aunque es también el más importante (porque las leyes exigen que de ese papel dependa la inserción del individuo en la sociedad).
La ley está para servir y no para ser servida. Si alguien pide que su identidad sea reconocida documentalmente, la ley no puede hacer otra cosa que no sea registrar ese hecho y ratificarlo. La ley abusará de su poder siempre que se comporte como si la persona que tiene delante no existe. Negar un documento es, de alguna forma, negar el derecho a la vida. Ningún ser humano es humanamente ilegal, y si, aún así, hay muchos que de hecho lo son y legalmente deberían serlo, ésos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza. Para los otros, para las víctimas de las persecuciones políticas o religiosas, para los acorralados por el hambre y la miseria, para quien todo le ha sido negado, negarles un papel que les identifique será la última de las humillaciones.
Ya hay demasiada humillación en el mundo, contra ella y a favor de la dignidad, papeles para todos, que ningún hombre o mujer sea excluido de la comunidad humana. "
José Saramago
José Saramago nació en Azinhaga (Portugal) en 1922. Antes de responder a la llamada de la literatura trabajó en diversos oficios, desde cerrajero o mecánico, hasta editor. En 1947 publicó su primera novela, "Tierra de pecado".Periodista y miembro del Partido Comunista Portugués sufrió censura y persecución durante los años de la dictadura de Salazar. A finales de los sesenta Saramago se presentó con dos libros de poemas: " Os poemas possiveis " y " Provavelmente alegría ". Se le considera un «autor tardío», por la demora en su publicación.
Se sumó a la llamada "Revolución de los Claveles" que llevó la democracia a Portugal, en el año 1974. Sus primeras publicaciones en prosa " Manual de pintura y caligrafía " (1977) y "Alzado del suelo " (1980), esta última le reveló como el gran novelista maduro y renovador portugués. Es una novela histórica, situada en el Alentejo entre 1910 y 1979, con un lenguaje campesino, una estructura sólida y documentada, un estilo humorístico y sarcástico que llamó enormemente la atención en su momento. En 1982 ve la luz su novela " Memorial del convento ", a la que siguió: El año de la muerte de " Ricardo Reis ". A esta le sigue posteriormente " La balsa de piedra " (1986), " Historia del cerco de Lisboa " (1989), " El evangelio según Jesucristo " (1991), " Casi un objeto " (1994), " Viaje a Portugal " (1995) y " Ensayo sobre la ceguera " (1996). "Cuadernos de Lanzarote " (1997).
Ha mantenido siempre una postura ética y estética por encima de partidismos políticos. Comprometido con el género humano, de forma general en sus obras hay una gran originalidad dada fundamentalmente por su controvertida visión de la historia y de la cultura.
Par mi el ensayo sobre la ceguera es una obra maestra y uno de los mejores libros que he leído, sin lugar a dudas.
Fragmento de Ensayo sobre la ceguera tomado de Escribirte:
"Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra de asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente insignificante, multiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciudad y por los cambios sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos de circulación o embotellamientos, si queremos utilizar la expresión común.Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloque de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar el automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabemos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta. Estoy ciego.Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas repentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer."
Enlace Wikipedia: José Saramago
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martes, 4 de marzo de 2008
Todos los nombres- José Saramago

Hoy he referenciado este libro en Palabras de arena. Lo leí hace algunos años, y tuve el placer, en la feria del libro de Madrid, de que me lo firmára el propio Saramago.
No es uno de mis predilectos, pero es sin duda, un gran libro que resiste cuantas relecturas queramos hacer. Toca muy de refilón el amor, pero bucea en el alma humana cómo sólo el sabe hacer.
Además es de los pocos libros que conozco, donde se describe lo peor y lo mejor del funcionariado.
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