domingo, 18 de enero de 2009

Cyrano de Bergerac

Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac , existió de verdad, aunque su memoria fue sepultada por la obra de Edmond Rostand.
Contemporáneo de Boileau y de Molière, poeta y libre-pensador, firmaba sus escritos con nombres más o menos imaginarios que él hacía suyos. Durante dos años fue militar, y se hizo célebre por su arrojo y sus numerosos duelos. Se retiró en 1641 tras recibir una herida en la garganta durante el sitio de Arras, contra las tropas españolas.
Escribió entre otras "El viaje a la luna" y fue el que acuño el termino "ciudadano del mundo" en una frase escrita en una de sus satíricas cartas :"Un hombre honesto no es ni francés, ni alemán, ni español, es Ciudadano del Mundo, y su patria está en todas partes". ( Un honnête homme n'est ni Français, ni Allemand, ni Espagnol, il est Citoyen du monde, et sa patrie est partout)."

Edmond Rostand, fascinado por este singular hombre, escribe su"Cyrano de Bergerac" , convirtiendo en inmortal al personaje y condenando al olvido a la persona que lo inspiró.
El libro de Rostand, iluminó mi adolescencia y recuerdo que sentía ganas de salir a la calle cubierto por un sombrero tocado de una pluma blanca, que hice mía alguna de sus frases y que mi admiración por su gallardía me hizo comprender la gloria que tienen algunas derrotas silenciosas.
Ayer, por uno de esos misterios que tiene el desorden, apareció un objeto de no hace mucho, que despertó en mí viejas sensaciones y las ganas de hacerle un pequeño homenaje en este rincón de letras.
Fragmentos:
"Mi elegancia va por dentro y no me acicalo como un ganapan cualquiera! Aunque parezca lo contrario, me compongo cuidadosamente, más que por fuera. No saldría a la calle sin haber lavado, por negligencia, una afrenta; sin haber despertado bien la conciencia, o con el honor arrugado y los escrúpulos en duelo. Camino limpio y adornado con mi libertad y mi franqueza. Encorseto, no mi cuerpo, sino mi alma, y en vez de cintas uso hazañas como adorno externo. Retorciendo mi espíritu como si fuese un mostacho, al atravesar los grupos y las plazas hago sonar las verdades como espuelas. "
(...)
"Cyrano.- !Las hojas!
Roxana.- (Levantando a cabeza y mirando hacia los árboles del fondo.) !Qué hermoso su matiz amarillento! !Miradlas!... !Cómo caen!...
Cyrano.- !Qué bien caen! Presienten que a morir van entre el cielo, y a la tierra al saltar desde la rama, con ser breve el tristísimo trayecto, quieren que su descenso o su caída tenga la gracia angelical de un vuelo.
Roxana.- ¿Eres melancólico?
Cyrano.- No... Roxana.- Pues entonces dejemos a las hojas y algo nuevo contadme. ¿Mi gaceta?...
Cyrano.- Ahí va.
Roxana.- Explicaos.
Cyrano.- (Cada vez más pálido, luchando contra el dolor.) Sábado, diecinueve; de un exceso de uvas de Cette, el Rey, con calenturas cayó postrado en su mullido lecho. Por eso su majestad fue condenado su mal a una sangría, y escarnamiento eficaz debió ser, pues desde entonces no sufre alteración el pulso regio. Domingo: en el gran baile de la reina quemáronse, me han dicho, setecientos sesenta y tres hachones. Nuestras tropas con las de Don Juan de Austria combatieron. ¿Qué más?... Fueron ahorcados cuatro brujas, y madama de Athís purgó a su perro.
Roxana.- Señor de Bergerac, ¿queréis callaros?
Cyrano.- Lunes... Nada: cambió de caballero Ligdamira.
Roxana.- ¡Jesús!
Cyrano.- (Cuyo rostro va alterándose más y más.) Martes: la corte hizo un pequeño viaje de recreo. Miércoles: la Montglat dio un no al de Fiesque. Jueves: llega Mancini poco menos que a reina augusta de la noble Francia. El viernes, la Montglat dio un sí completo; y el sábado, por fin... (Cierra los ojos e inclina la cabeza. Pausa.)
Roxana.- (Extrañando que Cyrano no continúe, se vuelve, le mira y se levanta asustada.) ¿Se ha desmayado? ¡Cyrano! ¿Qué tenéis?
Cyrano.- (Abriendo los ojos; con voz vaga.) Nada, un ligero malestar. Roxana.- ¿Estáis malo?
Cyrano.- (Al ver a Roxana inclinada sobre él, asegurase con un movimiento brusco el sombrero en la cabeza y se echa atrás en su sillón.) No; la herida que recibí en Arrás... y que aún siento.
Roxana.- ¡Pobre amigo!
Cyrano.- No es nada, lo repito. Pasará... ¡ya pasó! (Sonríe con esfuerzo.) Roxana.- (En pie, cerca de él.) Todos tenemos nuestra herida; la mia aquí, aun abierta, (Poniéndose una mano en el pecho.) debajo del papel y amarillento, con huellas de su sangre y de su llanto. (Empieza a anochecer.)
Cyrano.- !Su carta! Me ofrecisteis, hace tiempo, dejadmela leer.
Roxana.- Si, cualquier día.
Cyrano.- ¿Queréis hoy?
Roxana.- Si esto os place...
Cyrano.- Lo deseo.
Roxana.- (Dándole el medallón que pendía de su cuello.) Tomad.
Cyrano.- (Tomando la carta.) ¿La puedo abrir?
Roxana.- Si, amigo mío. (Roxana recoge la labor y los enseres.)
Cyrano.- (Leyendo.) "Por tí, mi encanto, rebosa el corazón amor inmenso; y muero, y mis miradas codiciosas, festín supremo de mis ojos ebrios con tu beldad..."
Roxana.- ¡Qué bien leéis!
Cyrano.- (Continuando.) "...ya nunca al vuelo besarán tu menor gesto. Todos hoy los refleja, enardecido, en trance tan cruel, mi pensamiento; y uno entre los demás: el que te es propio al acercar los primorosos dedos a la frente..."
Roxana.- ¡Qué bien leéis! (Va oscureciéndose sensiblemente)
Cyrano.- "Y ansío gritar, y grito: ¡Adiós!..."
Roxana.- ¡Oh! Leéis... Cyrano. "Mi dueño..."... con una voz ...
Cyrano.- "... mi dicha, mi tesoro..."
Roxana.- ... ¡que yo escuché otra vez! (Roxana se le acerca sin que él lo note, se coloca detrás del sillón, se inclina y mira la carta. La oscuridad aumenta.)
Cyrano.- "De mis recuerdos ni un punto se alejó tu bella imagen, porqué soy, y seré después de muerto, quien te ama, quien por ti..."
Roxana.- (Poniéndole una mano en el hombro.) ¿Cómo es posible que a oscuras la leáis? Yo nada veo. (Cyrano se estremece, se vuelve, ve a Roxana, hace un movimiento de espanto, baja la cabeza. Larga pausa. Luego, entre las sombras que ya los envuelve por completo, Roxana, con las manos juntas, dice lentamente, deteniéndose en cada palabra.) Roxana.- ¡Infeliz! ¡Y pasasteis catorce años como amigo viniendo a este convento para mi distracción!...
Cyrano.- ¡Ah! Yo, Roxana...
Roxana.- ¡Quien me amaba erais vos!
Cyrano.- ¡No!
Roxana.- ¡Conocerlo debí cuando mi nombre proferíais!
Cyrano.- ¡No era yo! ¡No era yo!
Roxana.- (Con vehemencia.) ¡Vos! ¡Oh! ¡Comprendo cuán generosa fue vuestra impostura! ¡Las cartas!... ¡Erais vos!
Cyrano.- ¡No!
Roxana.- (Siempre con vehemencia.) Los conceptos apasionados... Cyrano.- ¡No!
Roxana.- La voz que puede aquella noche oir..., ¡vos!, ¡todo vuestro! Cyrano.- ¡Juro que no!
Roxana.- ¡Vibraba allí vuestra alma!
Cyrano.- Yo no os amaba.
Roxana.- ¡Si!
Cyrano.- ¡Tened por cierto que era el otro!
Roxana.- ¡Mentira! ¡Vos, vos erais!
Cyrano.- ¡Ah, no, no!
Roxana.- ¿A qué negarlo, si el acento os vende? ¡Vaciláis!
Cyrano.- (Vencido, con pasión) ¡No, no, amor mío, yo no os amé jamás! Roxana.- ¡Ah! ¡Mis recuerdos!...¡Un mundo hecho pavesas, que renace!... ¿Por qué, por qué ocultasteis tanto tiempo, Cyrano, vuestro amor, si estaba escrito por vos ese billete, si era vuestro ese llanto?...
Cyrano.- (Dándole la carta.) Esa sangre era la suya.

1 comentarios:

AqUÍstOYyO dijo...

He de reconocer que tiene su puntito el desorden. A mi también me pasa eso de encontrar cosas cuando busco otras que se habían perdido. (Por cierto, yo también ordenaba mis novelas por orden alfabético. Ordenaba porque ahora es imposible mantenerlas en orden dada la acumulación de libros en doble fila).

"¡No, no, amor mío, yo no os amé jamás!" ¡Cuánta dulzura! Recuerdo a Gerard Depardieu interpretando el papel.

Bueno, ahora sí que me voy a la cama. Este es un dulce recuerdo para poder descansar.